
La serie se inicia en los dibujos de dos álbumes. El "Álbum de Sanlúcar" o Álbum A (1796-1797), realizado durante su estancia en la finca de la Duquesa de Alba en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), y el "Álbum de Madrid" o Álbum B. En ellos hizo dibujos y apuntes, a tinta china y aguada, que se trasladaron a continuación a plancha de metal. Además, se conservan 113 dibujos preparatorios en los que es manifiesta esta relación con los álbumes.
Goya llamó a sus estampas "asuntos caprichosos que se prestaban a presentar las cosas en ridículo, fustigar prejuicios, imposturas e hipocresías consagradas por el tiempo". Las primeras 36 se refieren al amor y la prostitución, junto a temas variados como la mala educación de los hijos, el matrimonio por conveniencia, la crueldad materna, la avaricia, la glotonería de los frailes, el contrabando, el Coco, etc. Del 37 al 42 inclusive, son caprichos sobre asnos. A partir del 43 abundan brujas, duendes, frailes y diablos.
Goya, muy relacionado con los ilustrados, compartía sus reflexiones sobre los defectos de su sociedad. Eran contrarios al fanatismo religioso, a las supersticiones, a la Inquisición, a algunas órdenes religiosas, aspiraban a leyes más justas y a un nuevo sistema educativo. Todo ello lo criticó humorísticamente y sin piedad en estas láminas. Consciente del riesgo que asumía y para protegerse, dotó a algunas de sus estampas con rótulos imprecisos, sobre todo las sátiras de la aristocracia y del clero. También diluyó el mensaje ordenando los grabados sin un criterio coherente. De todas formas, sus contemporáneos entendieron en los grabados, incluso en los más ambiguos, una sátira directa a su sociedad y también a personajes concretos, aunque el artista siempre rechazó este último punto. La carga crítica de los Caprichos alertó a la Inquisición y, ante el temor a represalias, se retiraron de inmediato de la venta. Goya ofreció al Rey las ochenta planchas y las estampas editadas aún no vendidas, que aparecen inventariadas en la Calcografía Nacional en 1803.
Los Caprichos tuvieron amplia difusión y se conocieron pronto fuera de España. Fueron el símbolo de "lo goyesco" y transmitieron una nueva manera de afrontar la realidad, presentándola más próxima y expresiva, con un lenguaje más fresco, del que se harán eco los artistas del siglo XIX, caso del genial Daumier. Es el final del frío y artificioso grabado neoclásico y el principio de la Modernidad en el grabado.